“… todo es oscuro (…) Menos tu vientre claro y profundo”.  Miguel Hernández.

Con la irregular, caótica y desordenada migración haitiana hacia la República Dominicana ganamos todos, o para ser precisos, digamos que ganamos casi todos, y ya me explico. Gana el gobierno haitiano que expulsa hacia nuestro país a parte de su empobrecida población sin perspectiva ni futuro de ningún tipo.  (Haití es un fantasma que la pobreza vuelve a matar con cada amanecer). 

Por ganar, gana el empresario dominicano del sector agrícola o el de la construcción a quien esa migración caótica, irregular y desordenada le ofrece una reserva de mano de obra barata, explotable sin Cristo alguno y además sin derechos ni humanos y mucho menos laborales. (Tengo entendido que los señores asisten a misa de domingo)

Pero hay más ganadores. No os desesperéis.

Por ganar, gana el Gobierno dominicano que, con su comportamiento de permisividad y fronteras abiertas (salvo los excepcionales casos en el que macuteo cívico militar evita la entrada de algún polizón “porque no entraron en precio”),- se gana el agradecimiento y el apoyo del empresario agrícola o constructor al que con su inoperancia migratoria le resuelve el problema de la mano de obra, y hace más rentable, aunque poco cristiano, su negocio, empresa. Y claro que gana el partido gobernante, pues a la organización llegarán en cada proceso electoral los fondos de las cenas a millones de pesos el cubierto, realizadas ellas por purito agradecimiento. Joder, que uno es pendejo, con club y todo, pero sin excesos.

Como ven, esto es un ganar y ganar. Una chulería. Toda una gozada. Como un amanecer de amantes acariciados por un dominicano sol, y aquella bahía sonriendo, !ay!. Gana el gobierno, gana el partido gobernante, ganan los empresarios, ganamos todos, o, perdón, olvidaba algo y debo precisarlo, en verdad, ganamos casi todos. Sí. Casi todos ganamos. Casi todos ganamos, menos el pueblo dominicano y esa “cosa” alguna vez amada, diluida en traiciones que es la nacionalidad dominicana. “Eso” que alguna vez fue la Patria, el país, la nación, el barrio, ay, el bar de la esquina, aquella playa, las vidas soñadas por contar otra vez “los lunares de su espalda”, según Sor Joaquín Cardenal Sabina.

Por cierto, y finalmente, ante tantas ganancias y tanto ganar y ganar para perderlo todo, a quien pueda interesar, le vendo una pasión por una patria, o si prefiere, le regalo el corazón por un olvido.

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