“… y por eso le doy la razón, la bondad/ la invariable verdad que ha vivido enseñando  (…)/ y es que la libertad y el honor suyos/ alimentan la vida como pan”. LA VERDAD. (A Juan Bosch). Manuel Jiménez y Víctor Víctor

El sorprendente éxito del espectáculo político del pasado domingo en apoyo a las aspiraciones de Leonel Fernández, vino a mostrar lo que ya sabían los que en los últimos 30 años han asesorado a la partidocracia nacional: la caída del muro de Berlín inició el reinado de lo que finalmente sería llamado Politainment, la política como espectáculo que decreta el triunfo del entretenimiento sobre las ideologías, el triunfo de las caderas de Natty Natashasobre las canciones de patria de Manuel Jiménez y Víctor Víctor, por ejemplo.

El predominio del espectáculo sobre la política se acelera con la irrupción de las nuevas tecnologías de la información (NTI) y sus redes sociales en los tiempos de la teledemocracia, del predominio de la televisión y sus telediarios en las campañas electorales. El fin de la guerra fría -que la caída del muro de Berlín simboliza- fue modificando los gustos de un ciudadano que, descreído y desconfiado, huérfano de Diosy también de Marx, comenzó a preferir la diversión sobre la reflexión, la frase ingeniosa sobre el argumento conceptuoso, convencido de que, al fin y al cabo, como en el Cambalache ya “todo es igual, nada es mejor”.

Milán Kundera asegura que, en asuntos del amor, cuando habla el corazón “es de mala educación que la razón le contradiga”, igual ocurre hoy con la política, donde no se trata ya de convencer sino de conmover y especialmente de divertir, con la Natasha o el Alfa, pero divertir.

Desde los años noventa, nuestros partidos perfeccionaron la liturgia de sus actos de campaña y cual Roberto Carlos fueron echando al olvido (“haz dejado de amarme, a tu amor lo he perdido y cómo voy a hacer para olvidarte”) a sus grandes cantores de siempre para dar paso a los artistas de moda.  Hagan memoria.

El del pasado domingo fue un espectáculo diseñado con el objetivo de lograr que las masas asistieran a escuchar al profesor Fernández, con la Natty Natasha como gancho/atractivo. ¡Y qué atractivo! Por la gracia cibaeño/andaluza de esa muchacha, -capaz de ruborizar con sus caderas al mismísimo Dalai Lama-, no hay que ser Joaquín Sabinapara estar dispuesto “a negar el santo sacramento en el mismo momento que ella lo mande”. No sé si me explico. La politainment llegó para quedarse.

 

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