Que nuestro país se encuentre entre las cinco naciones del continente con peores tasas de feminicidios, delitos sexuales y denuncias por actos de violencia contra la mujer, debería bastar para entender las razones del Ministerio de Educación para, por mandato constitucional, emitir una orden para el diseño de una política de género que eduque a nuestros niños en el respeto hacia las niñas en particular, y hacia ese otro que es diferente por nacionalidad, raza, religión o preferencia sexual.

Que la niña/mujer sea respetada y tenga iguales derechos que el niño/hombre no puede ser un pecado y menos un privilegio. Privilegio sería que los padres de las niñas no pagaran impuestos al Estado, como no los pagan las instituciones que en pleno siglo XXI luchan por mantener vigentes los postulados de un patriarcado anclado en los valores de una Edad Media que llamaba sacerdotes a los hombres con poderes, y quemaba vivas y llamaba brujas a las mujeres con iguales dones.

La orden ministerial ha soltado los demonios entre gente que, a quien debería soltar es a Dios que es el mismísimo señor amor y nunca el odio. Y es que, precisamente, gracias a Dios y a su María Magdalena nuestro país no está regido por una Teocracia sino por una Constitución, gran contrato social, que entre muchas otras cosas garantiza derechos ciudadanos y libertad de cultos.

Además, la ordenanza ha provocado lecturas equivocadas que merecen ser aclaradas. Veamos: La educación en igualdad y en derechos no promueve la homosexualidad de los niños, no fomenta que las niñas jueguen con aviones y no con muñecas, o que los niños vistan de rosado y no de azul, No. Lo que por mandato constitucional promueve el ministerio con su orden es que la niña que prefiere los aviones y no la muñeca, o el niño que prefiere el rosado y no el azul, sean respetados y no sufran ningún tipo de discriminación por sus preferencias.

A los niños hay que educarlos en el respeto hacia las niñas, para que, ya adultos, la intolerancia no los lleve a expresar arrogantes ante un juez: “La maté porque era mía”; o a cantar (ya en La cárcel de Sing Sign), la página-bolero del maestro Brens que inmortalizara Feliciano: “Yo tuve que matar/ a un ser que quise amar/ y, aunque aun estando muerta yo la quiero/, al verla con su amante a los dos los maté…”.

 

 

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