El informe presentado recientemente por el Ministerio Público y la Policía Nacional sobre el atentado contra David Ortiz, nos remite a Joaquín Sabina y su homenaje a las películas que se exhibían en los cines españoles en la posguerra, en donde “siempre daban una (película, pm) de romanos”.

Aún sin Alicia Ortega, uno cree en el informe; sin excesos ni aspavientos, pero cree. Aunque sea difícil entender que un supuesto señor narco mande a matar a otro porque al entrar -ya detenido- a la sede de la DNCD lo vio salir de allí, y por haberlo visto llegó a la “firme” conclusión de que este lo había delatado.  Más difícil aún es creer (pero con esfuerzo se logra) que sólo ocho años después de su detención y no antes, y estando prófugo de la justicia, decidiera el personaje vengarse de su supuesto delator.  Pero hay más.

Cómo explicar que un tigre barrial, nacido, criado y casi ejecutado en nuestras calles, pueda confundir al dominicano más conocido y reconocido en nuestro país y en Estados Unidos, con gran ventaja sobre Leonel Fernández, Hipólito Mejía, o el mismísimo presidente Medina, que es mucho decir.  Incluso, se cuenta que, en pleno Vaticano, cuestionada una joven dominicana sobre la identidad de dos señores que aparecieron en la Plaza San Pedro, esta respondió segura: “el de la bata blanca no sé muy bien quién es, pero el moreno grande, grandote, seguro que es el Big Papi”, y salió corriendo a hacerse una selfie con David.

Uno se alegra por el final -casi- feliz de un caso que ha afectado la imagen internacional del país ante el mundo al desnudar nuestros niveles de inseguridad, aunque nuestras estadísticas en el tema sean menos graves que las de la mayoría de los países de la región. Solo que en San José de Costa Rica no andan atentando contra Keylor Navas, (Real Madrid), y en mi viejo San Juan nadie le dispara a Yadier Molina (Cardenales) a quemarropa, Dios los guarde.

Finalmente, hay otra arista del drama que, aunque no se ha comentado demasiado, no deja de ser grave (como una ausencia insospechada): Este caso ha venido a demostrar el poder económico y el liderazgo social del oficio de narcotraficante y la casi absoluta libertad/impunidad con que se ejerce esa profesión en bares, colmadones, barrios, partidos, puticlubs y otras catedrales de mal.

PD:¡Vea Ud. qué vaina! Para atentar -ocho años después de la supuesta delación- contra un ciudadano simpatiquísimo, accesible y chévere, con domicilio y negocio conocidos y sin seguridad, se elije el momento en que este se reúne en un bar con más cámaras que las que vi en la Casa Blanca, con una figura tan conocida y reconocida como David Ortiz, su enllave. Es por esto que, siendo viernes, uno deja esto aquí y retorna al mundo poético musical del señor de Úbeda, Sor Joaquín -Cardenal- Sabina, que no ha traficado nunca con nada que no sean las benditas palabras y sus poderes: “En pantalla Dalila cortaba el pelo al cero a sansón/ Y en la última fila del cine, con calcetines aprendimos tú y yo/ Juegos de manos, a la sombra de un cine de verano/ Juegos de manos, SIEMPRE DABAN UNA (película, pm) DE ROMANOS”.

 

 

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