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El Día D confirmó pronósticos, descubrió realidades.

Como tantas veces advertimos, por repetir lo repetido digamos aquí que, el problema de las  primarias de los PLD es que en ellas, uno debía ganar, pero el otro no podía perder. Y no podía perder porque en un país institucionalmente débil, sin frenos éticos, y con una cultura de fraude electoral tan socialmente aceptada, al Estado sólo se le puede vencer si existe una grave crisis económica y/o una gran pérdida de popularidad, que no es el caso del actual gobierno, sino todo lo contrario. Ahí están las estadísticas.

Desde que en 1966 las tropas gringas instalaron a Balaguer como Presidente, hasta ayer como a las once, siempre ha pasado igual.

En esta ocasión, abortado el intento de repostulación presidencial por una definitiva y definitoria llamada imperial (con nota de prensa incluida), el sector de Danilo Medina las “jugó” todas a su delfín de mayor confianza y agradecimiento, Gonzalo Castillo; y para que no hubiera duda de su decisión, se nombró al mismísimo gabinete de gobierno en pleno para dirigir la campaña, mientras la JCE, distraída, probaba los equipos y citaba a Campoamor,  y la oposición, como si nada pasara, jugaba al “topao libertando” en “la esquina de McKinney” en Baní, que tanto recuerdan Luisín Franjul y Miguel Antonio Mejía.

Si algo faltaba, el departamento de Estado de Estados Unidos (a través de su USAID) se ocupó de financiar directamente la observación electoral a través de una de las organizaciones ungidas por él para estas labores, lo que le permite tener control y capacidad de negociación, no vaya a ser vaina y llegue el día en que le toque derrotar o hacer ganar a alguno, “como otras tantas veces”.

Del comportamiento del Departamento de Estado, a través de las propuestas de Participación Ciudadana a la JCE, podríamos deducir que el imperio está apostando, si no a sacar al PLD del poder, por lo menos a debilitarlo, preocupado porque  de victoria en victoria, ese partido, por controlar, controla ya hasta el bar de Sabina y sus canciones, que es mucho decir. Un exceso.

La víctima de este 6 de octubre (6-O) no fue el Bosch de 1966 o el de 1990; ni el Peña Gómez de 1994, el Jaime David de 1999, ni el mismísimo Danilo de 2008, sino un Leonel Fernández que confió demasiado en su abismal ventaja sobre un adversario señalado de emergencia, olvidando que, por lo menos en 1996 y en 2008, él fue el beneficiario directo de esas irregularidades, inequidades y marrullerías con que todos los miembros de la partidocracia compiten cuando son gobierno y que, precisamente, son las mismas que en casi 20 años de gobierno, el PLD no ha disminuido sino que ha ampliado y perfeccionado.

Entonces, que mi dilecto Umbrales llame a Voltaire, pues ahora sabemos que también los partidos políticos,  como los hombres y los pueblos, solo aprenden sufriendo o perdiendo el poder. ¡Joder! Con lo linda que estaba la mar.

 

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