Página 76 de 82

La noche

            El Estado dominicano es cada vez más incapaz de ofrecer las más mínima seguridad a sus ciudadanos. Y si esto no fuera suficiente, la fuerza designada por el Estado para esa función (ofrecernos seguridad) hace justo lo contrario, o sea, acosarnos, chantajearnos, “picotearnos” por la cena o el desayuno, sobre todo si es usted un hombre decente.

            Siempre es bueno recordarlo: Este es un país de una anomia durkheimniana tal, que el ciudadano común siente más temor ante una “patrulla policial” que ante una banda de asaltantes.

            Así estaban las cosas, cuando ahora nos enteran de un aumento en el impuesto de porte y tenencia de armas. Y eso ya es demasiado. No me ofrece seguridad quien debería ofrecérmela, me asalta para cenar… y cuando obtengo un arma para defenderme y defender a mi familia, el Estado cada vez me aumentan más los impuestos por tenerla o portarla.

            Tenemos una Constitución cuyos contenidos más liberales y progresistas son irrespetados flagrantemente por el Estado ensimismado en mantener su popularidad, ¡y dale que te pego! “Que en política, maquinini, solo se hace lo que conviene… que no se debe contrariar a nadie que organice misas, compre papel y DVD al por mayor, y pueda financiar campañas para ganar elecciones”.

            O sea, mis señores, que para gobernar, para ser Estado, y para aplicarles todas las leyes que diseñan unos congresistas que en un porcentaje preocupante piensa con faltas de ortografía, sólo existen en este un país unos 76 mil empresas/ciudadanos empresarios, a quienes todo se le pega. Hablo de que tenemos un Estado, hemos tenido gobiernos, que sólo son capaces de hacer cumplir las leyes a quienes no pueden contrariarlo con huelgas terroristas, lobbys mediáticos como perros de presa, instituciones religiosas representadas por Torquemadas de la tierra y otros especímenes del cinismo, la violencia física o la difamación.

            Hablo de un Estado que es incapaz de ofrecer paz a nuestros muertos en los cementerios. Eso, don Radha, que somos un pobre país donde un señor empleador financia campañas y convierte a políticos en millonarios para que estos le garanticen la existencia de un ejército de semi-esclavos indocumentados y sin derechos; llegando al extremos de promover la creación de un sistema de apartheid con más de medio millón de dominicanos hijos de indocumentados, que 30 o 40 años atrás documentó el Estado para cortar caña en sus bateyes. Hablamos de un acto de arrogancia, xenofobia, miseria y crueldad, impensable en gente con alguna nivel de instrucción, (algunos muy instruidos), que reza a Dios, según mis fuentes, habla inglés o francés y tiene diez años de visado gringo y de Schengen. Entonces, a quien pueda interesar, si no es mucha molestia y no le daña el resto de la semana, le informo aquí que Mandela vive, vive; y el día en que muera estará más vivo nunca.

            Joder, don Radha: “¡Qué oscura que está la noche. ¿No habrá salido el sol? O acaso Dios y la María se habrán quedado dormidos”.

Argentinos del Caribe

 

         En medio de la crisis argentina, alguien preguntó a Cabral por sus razones, y Facundo contestó: “es que aquí los jóvenes quieren ser gringos y los viejos se sienten europeos. Cómo puede marchar un país donde nadie está en su lugar”.

         A partir de esto, digamos que los dominicanos somos unos argentinos caribeños que cambiamos el tango por la bachata, -igual de triste-, y al Papa humilde por máquinas purpureas de restar feligreses… Y así nos va, nos está yendo, don Radha, que aquí nada ni nadie está en su lugar, y entre todos, con los años nos hemos ido montando un tinglado de hipocresía y cinismo que llevará al país al caos si no es que ya estamos en él, (Mire un semáforo, mi don, que aquí solo falta que este año no gane el Licey y triunfen las Águilas).

         Hablo de un gris país, donde la partidocracia triunfal ni revoluciona ni libera porque es pragmática como un bombero, concentrada en hacer suya la siguiente frase: “En política se hace lo que conviene”.  Y surge la pregunta: ¿Conviene a quién?

         Así marcha un país donde nadie está en su lugar, insisto: Ni la iglesia que danza en su arrogancia, a pesar de su Papa; ni la partidocracia que reina en sus negocios; ni nosotros, periodistas que matamos a nuestros lectores/teleoyentes a puras notas de prensa, pensando con faltas de ortografía, y en unos medios de comunicación que hemos convertido en impunes prostíbulos de difamación, chantaje, vulgaridades y morbo, y lo que es peor, con apoyo suicida de lectores y teleoyentes.

         Hablo de un país donde parte del sector empresarial no quiere competir, crecer con innovación, creatividad, imaginación, sino teniendo a su disposición a un ejército de esclavos negros sin papeles y por tanto sin derechos, con salarios más deprimidos “que estas manos cuando se alejó tu cuerpo, y el mar lloraba. Moría la tarde”.

         Si nada de esto es suficiente, tenemos una “izquierda” que en vez de buscar caminos, alternativas de lucha duplicando esfuerzos, anda en las calles de Navarrete o San Francisco de Macorís buscando muertos, porque a la muy infeliz se le da mejor homenajear a los muertos que defender con inteligencia, sentido común y salud mental a los vivos.  (Es una izquierda a la que aún no le llega el tuit que anunció el fin de los doce años y la guerra fría, la caída del muro de Berlín, o los decesos de Stalin, Mao o Enver Hoxha).

         Ocurrió ayer entre Navarrete y San Francisco: como falta un puente, hay calles sin asfaltar, apagones, y todavía está en el Congreso el drama de  Loma Miranda, los señores escogieron como método de lucha el salir en bandas motorizadas a entrarle a tiros a las oficinas del Estado, o sea, a las propiedades del pueblo dominicano. Y llegaron los muertos. ¿A manos de quién? Dios lo sabrá. Al fin, son dos bandas enfrentadas: Una buscando un muerto, y otra sin discernimiento ni capacidad, salario ni voluntad para manejar estos enfrentamientos.

         ¿Qué hacer con un país a oscuras donde salvo las perfectas colinas, las exactas concavidades gemelas de esa muchacha, ¡ay!, nada está en su lugar? No hay espacio ya, y don Radha espera.  Mañana sigo. Con permiso. 

La patria somos todos. Justo ahora.

Al fin, a más banderas menos patria.

            Ahora que la histórica irresponsabilidad del Estado dominicano nos ha llevado al ridículo mundial que representa intentar un apartheid surafricano en la América morena y en pleno siglo XXI, con una sentencia desesperada de un Tribunal Constitucional que buscaba crear lo que ha creado y provocar que algo ocurriese como ha ocurrido, o sea, “hostigar la modorra” para que haga el Estado lo que nunca ha hecho, que es conminar a los señores financiadores de campañas electorales, la os mulatos descafeinados del agroempresariado y la construcción a pagar impuestos y seguridad social por contratar sus negritos, dominicanos de siempre o haitianos recién llegados. (Ahí está el centro de todo esto).

            Justo ahora, cuando andamos todos medio locos, histéricos ante la evidencia de la historia, siglos de olvido y explotación esclavista y miserable, indescifrable, antihumana… Justo ahora, cuando se quiere reinventar el país matando civilmente a sus hijos negros, olvidados y pobres. (¿Qué es un hombre en el polvo cotidiano del único país que conoce, el mismo que él ha ayudado a construir y ama?) Justo ahora, cuando lo irracional nos lleva de Hitler a la fusión, de la fusión a Hitler, o sea de Extremo a Extremo pero sin Michael Miguel que por lo menos es de izquierdas.

            Justo ahora, cuando anda uno perdido buscando el centro, la sensatez, el lógico discernimiento, ahora que uno anda averiguando en qué momento nos decidimos los dominicanos  a serlo solamente a partir de negar lo que también es nuestro, nuestros pobres macilentos, traicionados, irredentos. 

            Justo ahora, cuando la pasión y los complejos vencen la mínima objetividad, y nuestro “nacionalismo” sólo llega hasta el Masacre a pie, ¿Do you know?. Justo ahora, es solo asunto de tiempo una marcha de reafirmación de una nacionalidad (¿recuerdan las de “reafirmación cristiana” para tumbar a Bosch?), una nacionalidad acomplejada, negadora de sí misma, que es hoy más incompleta que nunca, sencillamente porque “ellos” (los hermanos negros de los mulatos descafeinados que aquí somos casi todos) no están.  

            Justo ahora, hoy o mañana, insisto, tendremos pancartas, proclamas chauvinistas por una nacionalidad que no está en peligro, pues aquí lo único que peligra es la dignidad humana, los valores universales de la democracia y los derechos humanos de nuestros hermanos.          

            Justo ahora, aparecerán las banderas, pero no olviden que a más banderas en las calles, menos patria es una patria.

            Parafraseando a Cabral, digamos que si la tienes que exhibir  tanto para sentirla tuya, entonces, “todavía no es tu mujer…”, ay, que una patria, como un gran amor, si es nuestra, no tenemos que exhibirla como un mueble, sino disfrutarla y dignificarla con abrazos, cabalgatas, puros besos, tempestades de mar y una bahía solitaria. Pero también y sobre todo con apoyo, solidaridad, respeto. Justo ahora y más que nunca, la patria somos todos. Todos. 

Ausencia

 

            “Ausencia quiere decir olvido, decir tinieblas, decir jamás”. Jaime Pratts

           

            El debate está planteado: nuestra economía, y más exactamente nuestro  modelo económico, no genera empleos de verdad, o sea, formales; sino “picoteos ampliados”, mucha “búsqueda” y “parqueadores”, venduteros, chimichurris.    

            A pesar de su gran desempeño en función del crecimiento del PIB, en los últimos 12 años la economía dominicana creo apenas 48 mil empleos formales en el sector privado. (Todo lo demás han sido “empleos” en el Estado).

            Ante el panorama que se presenta, los empleadores aprovecharon la campaña electoral y “amarraron” con los candidatos presidenciales el compromiso de que si llegaban a Palacio nombrarían una comisión para revisar y modificar el Código de Trabajo.

            La revisión del Código no es mala en sí misma. Digamos que era necesaria. Pero el problema no es la revisión sino la disposición, composición y correlación  de fuerzas, con un sindicalismo disminuido, una izquierda que ni existe, y una partidocracia (PLD-PRD) más pragmática que un bombero; y todos ellos frente a un CONEP, a un empresariado, más combinado que una caja fuerte, y más unificado que Alemania, con unas asesoras que si no te convencen con sus argumentos te vencen con su mirada, y así no se puede, profesor, así no podemos.

            El escenario actual es el peor de los posibles escenarios para una confrontación de intereses entre un empresariado que todo lo tiene, financia, dirige y puede; y un sindicalismo, un sector trabajador más solo que esa bahía al atardecer, ay, y más débil que la voluntad de un enamorado frente al ruego de la amada.   Y así, con la revisión vendrá inexorablemente, no un “ferré” necesario que ajuste, adapte y renueve, sino que, aprovechando su  buen momento, el empresariado logrará su viejo sueño de eliminar -con maquillaje o sin él-, viejos derechos adquiridos por los trabajadores consignados en el actual Código.

            Si esto fuera poco, la comisión presidencial para el asunto, en opinión de Pepe Abreu, está más desequilibrada que la cabeza de un vendedor de Mercedes Benz instalado en Gualey, y así parece.

            E incluso, esa comisión tiene una ausencia imperdonable  e innecesaria que debería ser explicada. Claro que lo importante no es la comisión, -como bien aclaró el jurista Julio Aníbal Suarez en el nuestro programa de este sábado*-, sino la posición del partido gobernante (PLD) en el Congreso que es quien verá lo que proyecte dicha comisión. Pero de todas formas, hay ausencias que ofenden (hay otras que duelen, pero son cosa de bulevar de viernes, de una bahía, una tarde que muere, mil espejos).

            Claro que estoy hablando de Rafael Alburquerque, que es co-autor del Código Laboral que se quiere modificar, ha sido dos veces ministro de trabajo y vicepresidente de la República en gobiernos del PLD de cuyo Comité Político es miembro. Y lo que es más importante: Su presencia otorgaría credibilidad y equilibrio a una comisión más desbalanceada que el tren delantero de un Honda Civic que regresa de Tamayo.

            El Código necesita ya un ferré. Pero el nombramiento de los miembros de la Comisión genera una pregunta, sugiere unas respuestas y presenta una ausencia, una ausencia que como advierte la doctora Omara  Portuondo, interpretando la sentencia amorosa del licenciado Jaime Pratts: “quiere
 decir olvido, decir tinieblas decir jamás./Las aves suelen volver al nido, pero las almas que se han querido cuando se alejan no vuelven más”.   

 

* “McKINNEY… porque aún nos queda la palabra”. Sábados 11:00 pm. Color Visión.

De allantes, Jung, Montesquieu y autoengaño

            Comencemos con don Mario para situar el problema y ofrecer el consejo: “De vez en cuando hay que hacer una pausa, contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana (…) y no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades.

            A los dominicanos nos matan los decoraos, las apariencias. Allantamos mucho al otro, sí, pero lo peor es que nos allantamos a nosotros mismos.

            Ocurre, por ejemplo, con el número de universidades e institutos superiores reconocidos como tales por las agencias del Estado: Suman más de cuarenta. Pero de esas casi cincuenta instituciones, por lo menos dos terceras partes son colegios  malos “de quinta categoría porque no hay sexta”, en donde se gradúan unos autoengañados señores que reciben un título, por ejemplo, de licenciado en Derecho, tan válido como el de Luis Miguel Pereyra o Marisol Vicens, Juárez Castillo o Cristóbal Rodríguez, y buscarán un empleo que no encontrarán porque no están preparados para desempeñarlo. Finalmente, desesperados, harán de chofer durante una campaña a un político de la partidocracia, quien al triunfar pagará los servicios prestados con una “botella” en una consultoría jurídica de una institución del Estado, tan desolada de verdaderos abogados, que para pelear en los tribunales debe contratar abogados de verdad. O en el peor de los casos puede ocurrir que los jóvenes “licenciados” no encuentren ese político amigo en campaña, y serán entonces un club de frustrados desempleados por los siglos de los siglos, maldiciendo después de cada cerveza en el  colmadón barrial “a este país de mierda” donde los empresarios “narcotraficantes” y “lavadores de activos” “sólo contratan a los “blanquitos” de la PUCMM o UNIBE.

            El asunto plantea un drama humano y desolador. Pues esos “graduados”, a pesar de su ignorancia en la materia de “su profesión”, se consideran abogados, psicólogos o comunicadores sociales de verdad, y ya sólo están dispuestos a trabajar en esas funciones para las cuales no han recibido ni poseen las mínimas habilidades.

            Hablo de abogados que consideran que Montesquieu es apenas un monte que esta ready, o sea, en “kiu”/cue para actuar; psicólogos para quienes Jung (Carl Gustav) es tan solo la primera palabra que define un “frio-frío” en Baní, o licenciados en comunicación social que están seguros de que “habemos” periodistas “cerios” porque “ello hay“livertad” de prensa.  

            Que somos el país del allante, oiga usted. Las apariencias nos matan. El decora,0 nos enamora.

            Desde siempre y por herencia hemos sido unos acomplejados mulatos, juerguistas andaluces pasados por África; raros señores esforzados en allantar y mentir a los demás, pero ya ven, hemos tocado fondo y llegado al peor de los escenarios posibles: hablo de que ya no sólo pretendemos (vano esfuerzo) engañar a los demás, sino que en nuestra torpe alienación hemos llegado a creernos nuestras propias mentiras, a engañarnos a nosotros mismos, y todo por no leer a Goleman ni citar a don Mario: “De vez en cuando hay que hacer una pausa, contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana (…) y no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades.

La sociedad del autoengaño

La educación es un tema que atraviesa todos los problemas nacionales y sus soluciones. Sin embargo, parecería que esa verdad de Perogrullo no está realmente aceptada, social ni gubernamentalmente.

            Desde 1988, por lo del gran consenso que fue el Plan Decenal de Educación, el país  tiene identificados los grandes problemas de la educación dominicana.

            Muchos temas son importantes para mejorar el sistema educativo nacional: la selección de lo que se va a enseñar, la calidad de las instalaciones educativas, el buen uso de la tecnología disponible, el involucrar a los padres en la educación de sus hijos, ¡Bien! Sin embargo, todos ellos son secundarios ante la importancia determinante y decisiva del Maestro, ese que por ahí anda “con el alma en una nube, y el cuerpo como un lamento…” que canta Patxi Andión.

            En la importancia fundamental del maestro como eje determinante en la calidad de la educación estamos de acuerdo los dominicanos por lo menos desde 1988 o antes. O sea, que hace 25 años que está sociedad y sus gobiernos manejan el dato y lo “consensuaron” en planes, cumbres, informes, diagnósticos… ¿Y qué hemos hecho para actuar en consecuencia? A partir de los resultados, digamos, optimistas, que poco, poco, casi nada.

            Salvo en lo que tiene que ver con el aumento de la cobertura escolar, poco ha avanzado la educación dominicana en relación con nuestro gran crecimiento económico de los últimos cuarenta años, de tal manera que más de uno de nosotros –hijos y nietos de maestros- podría parafrasear a George Bernard Shaw y afirmar con gadejo: “Mi educación fue muy buena hasta que mis padres cometieron el error de mandarme a la escuela”.

            Y si había alguna duda sobre la veracidad de todo lo aquí afirmado, mi dilecta doña Ligia Amada Melo, maestra de la vida toda, y actual ministra de Educación Superior, acaba de confirmarlo al decir: “a pesar de que el 90% de los profesores están titulados, una parte importante no domina los contenidos y por eso no se evidencias cambios en las aulas”. No más preguntas, magistrado. O sea, que lo nuestro ha sido por 40 años, puro allante y movimiento, decorao de fotos, populismo educativo.

            Somos la sociedad del autoengaño. El amor por las apariencias carcome a esta sociedad fantoche de poses y escenografía. ¿Hasta cuándo?  Queda aquí la advertencia. Y termino con un ejemplo que siempre cito: Después de 40 años de quebrar bancos impunemente, sólo después del derrumbe del hundimiento de los Bancos Baninter, Bancredito y Mercantil, y la intervención del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, (y organismos internacionales de la cosa, casi todos), solo entonces, ya digo, fue posible poner orden y respeto a las reglas de juego en el sistema financiero nacional, que es hoy más confiable y seguro que el amor de una madre dominicana… pero sólo después de esas quiebras… y 79 mil millones de pesos, con los que se hubiese creado la Universidad Nacional del Magisterio, y no antes.

            ¿Necesita esta sociedad, una quiebra pero institucional, una hecatombe de antifé, un joderse casi todo para poder reaccionar? No lo sé, pero a veces lo sospecho.

            Inseguridad, impunidad, desempleo, populismo, violencia, reinado de la ignorancia, la familia hecha pedazos, una mujer que muere por su derecho a olvidar, ay, don Radha, que la realidad y sus sombras nos están meando encima, pero nosotros insistimos en creer que llueve, llueve… llovizna.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO 2014 

«Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor»

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestras sociedades están experimentando, como nunca antes había sucedido en la historia, procesos de mutua interdependencia e interacción a nivel global, que, si bien es verdad que comportan elementos problemáticos o negativos, tienen el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la familia humana, no sólo en el aspecto económico, sino también en el político y cultural. Toda persona pertenece a la humanidad y comparte con la entera familia de los pueblos la esperanza de un futuro mejor. De esta constatación nace el tema que he elegido para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado de este año: Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor.

Entre los resultados de los cambios modernos, el creciente fenómeno de la movilidad humana emerge como un “signo de los tiempos”; así lo ha definido el Papa Benedicto XVI (cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2006). Si, por un lado, las migraciones ponen de manifiesto frecuentemente las carencias y lagunas de los estados y de la comunidad internacional, por otro, revelan también las aspiraciones de la humanidad de vivir la unidad en el respeto de las diferencias, la acogida y la hospitalidad que hacen posible la equitativa distribución de los bienes de la tierra, la tutela y la promoción de la dignidad y la centralidad de todo ser humano.

Desde el punto de vista cristiano, también en los fenómenos migratorios, al igual que en otras realidades humanas, se verifica la tensión entre la belleza de la creación, marcada por la gracia y la redención, y el misterio del pecado. El rechazo, la discriminación y el tráfico de la explotación, el dolor y la muerte se contraponen a la solidaridad y la acogida, a los gestos de fraternidad y de comprensión. Despiertan una gran preocupación sobre todo las situaciones en las que la migración no es sólo forzada, sino que se realiza incluso a través de varias modalidades de trata de personas y de reducción a la esclavitud. El “trabajo esclavo” es hoy moneda corriente. Sin embargo, y a pesar de los problemas, los riesgos y las dificultades que se deben afrontar, lo que anima a tantos emigrantes y refugiados es el binomio confianza y esperanza; ellos llevan en el corazón el deseo de un futuro mejor, no sólo para ellos, sino también para sus familias y personas queridas.

¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado. El venerable Pablo VI describía con estas palabras las aspiraciones de los hombres de hoy: «Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más» (Cart. enc. Populorum progressio, 26 marzo 1967, 6).

Nuestro corazón desea “algo más”, que no es simplemente un conocer más o tener más, sino que es sobre todo un ser más. No se puede reducir el desarrollo al mero crecimiento económico, obtenido con frecuencia sin tener en cuenta a las personas más débiles e indefensas. El mundo sólo puede mejorar si la atención primaria está dirigida a la persona, si la promoción de la persona es integral, en todas sus dimensiones, incluida la espiritual; si no se abandona a nadie, comprendidos los pobres, los enfermos, los presos, los necesitados, los forasteros (cf. Mt 25,31-46); si somos capaces de pasar de una cultura del rechazo a una cultura del encuentro y de la acogida.

Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser “algo más”. Es impresionante el número de personas que emigra de un continente a otro, así como de aquellos que se desplazan dentro de sus propios países y de las propias zonas geográficas. Los flujos migratorios contemporáneos constituyen el más vasto movimiento de personas, incluso de pueblos, de todos los tiempos. La Iglesia, en camino con los emigrantes y los refugiados, se compromete a comprender las causas de las migraciones, pero también a trabajar para superar sus efectos negativos y valorizar los positivos en las comunidades de origen, tránsito y destino de los movimientos migratorios.

Al mismo tiempo que animamos el progreso hacia un mundo mejor, no podemos dejar de denunciar por desgracia el escándalo de la pobreza en sus diversas dimensiones. Violencia, explotación, discriminación, marginación, planteamientos restrictivos de las libertades fundamentales, tanto de los individuos como de los colectivos, son algunos de los principales elementos de pobreza que se deben superar. Precisamente estos aspectos caracterizan muchas veces los movimientos migratorios, unen migración y pobreza. Para huir de situaciones de miseria o de persecución, buscando mejores posibilidades o salvar su vida, millones de personas comienzan un viaje migratorio y, mientras esperan cumplir sus expectativas, encuentran frecuentemente desconfianza, cerrazón y exclusión, y son golpeados por otras desventuras, con frecuencia muy graves y que hieren su dignidad humana.

La realidad de las migraciones, con las dimensiones que alcanza en nuestra época de globalización, pide ser afrontada y gestionada de un modo nuevo, equitativo y eficaz, que exige en primer lugar una cooperación internacional y un espíritu de profunda solidaridad y compasión. Es importante la colaboración a varios niveles, con la adopción, por parte de todos, de los instrumentos normativos que tutelen y promuevan a la persona humana. El Papa Benedicto XVI trazó las coordenadas afirmando que: «Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino» (Cart. enc.Caritas in veritate, 19 junio 2009, 62). Trabajar juntos por un mundo mejor exige la ayuda recíproca entre los países, con disponibilidad y confianza, sin levantar barreras infranqueables. Una buena sinergia animará a los gobernantes a afrontar los desequilibrios socioeconómicos y la globalización sin reglas, que están entre las causas de las migraciones, en las que las personas no son tanto protagonistas como víctimas. Ningún país puede afrontar por sí solo las dificultades unidas a este fenómeno que, siendo tan amplio, afecta en este momento a todos los continentes en el doble movimiento de inmigración y emigración.

Es importante subrayar además cómo esta colaboración comienza ya con el esfuerzo que cada país debería hacer para crear mejores condiciones económicas y sociales en su patria, de modo que la emigración no sea la única opción para quien busca paz, justicia, seguridad y pleno respeto de la dignidad humana. Crear oportunidades de trabajo en las economías locales, evitará también la separación de las familias y garantizará condiciones de estabilidad y serenidad para los individuos y las colectividades.

Por último, mirando a la realidad de los emigrantes y refugiados, quisiera subrayar un tercer elemento en la construcción de un mundo mejor, y es el de la superación de los prejuicios y preconcepciones en la evaluación de las migraciones. De hecho, la llegada de emigrantes, de prófugos, de los que piden asilo o de refugiados, suscita en las poblaciones locales con frecuencia sospechas y hostilidad. Nace el miedo de que se produzcan convulsiones en la paz social, que se corra el riesgo de perder la identidad o cultura, que se alimente la competencia en el mercado laboral o, incluso, que se introduzcan nuevos factores de criminalidad. Los medios de comunicación social, en este campo, tienen un papel de gran responsabilidad: a ellos compete, en efecto, desenmascarar estereotipos y ofrecer informaciones correctas, en las que habrá que denunciar los errores de algunos, pero también describir la honestidad, rectitud y grandeza de ánimo de la mayoría. En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor. También los medios de comunicación están llamados a entrar en esta “conversión de las actitudes” y a favorecer este cambio de comportamiento hacia los emigrantes y refugiados.

Pienso también en cómo la Sagrada Familia de Nazaret ha tenido que vivir la experiencia del rechazo al inicio de su camino: María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,7). Es más, Jesús, María y José han experimentado lo que significa dejar su propia tierra y ser emigrantes: amenazados por el poder de Herodes, fueron obligados a huir y a refugiarse en Egipto (cf. Mt2,13-14). Pero el corazón materno de María y el corazón atento de José, Custodio de la Sagrada Familia, han conservado siempre la confianza en que Dios nunca les abandonará. Que por su intercesión, esta misma certeza esté siempre firme en el corazón del emigrante y el refugiado.

La Iglesia, respondiendo al mandato de Cristo «Id y haced discípulos a todos los pueblos», está llamada a ser el Pueblo de Dios que abraza a todos los pueblos, y lleva a todos los pueblos el anuncio del Evangelio, porque en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo. Aquí se encuentra la raíz más profunda de la dignidad del ser humano, que debe ser respetada y tutelada siempre. El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo. Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio. Las migraciones pueden dar lugar a posibilidades de nueva evangelización, a abrir espacios para que crezca una nueva humanidad, preanunciada en el misterio pascual, una humanidad para la cual cada tierra extranjera es patria y cada patria es tierra extranjera.

Queridos emigrantes y refugiados. No perdáis la esperanza de que también para vosotros está reservado un futuro más seguro, que en vuestras sendas podáis encontrar una mano tendida, que podáis experimentar la solidaridad fraterna y el calor de la amistad. A todos vosotros y a aquellos que gastan sus vidas y sus energías a vuestro lado os aseguro mi oración y os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 5 de agosto de 2013.

 

FRANCISCO